Dispepsia Funcional

23 de junio de 2021
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La dispepsia en la sensación de dolor o malestar en la parte superior del abdomen relacionada con la digestión. Por tanto, la dispepsia debe guardar alguna relación con la toma de alimentos. Puede manifestarse como una pesadez inmediatamente tras comer, o como una digestión muy lenta o pesada. Otros pacientes pueden referirlo como el encontrarse muy lleno con ingestas muy escasas de alimento. Igualmente, el ardor o acidez en el epigastrio (la parte del abdomen situada encima del ombligo) son síntomas frecuentes.

Se denomina así cuando se trata de síntomas relacionados con el tubo digestivo superior (esófago, estómago o duodeno). La dispepsia se define como la percepción incómoda de la digestión. Puede obedecer a múltiples causas. Algunas tienen un origen orgánico, es decir, producidas por alguna enfermedad o problema físico (infecciones, deficiencias, lesiones, úlceras, tumores…) y en contraposición, en otras ocasiones no se encuentra una causa detectable. En estos casos las pruebas realizadas no encuentran motivos que justifiquen los síntomas. Por este motivo se denomina dispepsia funcional. Se considera que si el tramo digestivo superior produce síntomas y no encontramos nada orgánico que lo justifique, el motivo deberá estar en un “mal funcionamiento” de esa parte del tubo digestivo.
Esta sensación es muy frecuente y casi todos la hemos sentido en alguna ocasión, sobre todo tras algún exceso dietético.



¿Qué la produce?

Esta sigue siendo la gran pregunta, y la respuesta no es sencilla, pero cada día parece mas claro el papel que juega la relación cerebro-tubo digestivo. Debemos tener en cuenta que la regulación de nuestro tubo digestivo (al igual que otros órganos y sistemas) no es voluntario. No podemos “decirle” a nuestro tubo digestivo o vesícula, por ejemplo, que funcione más rápido o se vacíe menos. De toda esa compleja y cambiante labor se ocupa una parte de nuestro sistema nervioso: el sistema vegetativo (una especie de cerebro dedicado casi en exclusiva a hacer funcionar todo nuestro organismo). Pero éste -a su vez- se encuentra influido por factores externos como el tipo de alimento, la ansiedad, el estrés y todas aquellas situaciones de nuestra vida y nuestro carácter que afectan a nuestro comportamiento cotidiano. También se explica por la mayor sensibilidad del paciente a los movimientos digestivos normales ó a un mayor estímulo por sustancias hormonales propias…

En todo caso, hay que tener claro que el paciente con dispepsia funcional no es un simulador, ni se inventa los síntomas, ni sus síntomas le afectan menos que a otro paciente con una lesión orgánica.

Con frecuencia nos encontramos con pacientes que buscan relacionar los síntomas a un determinado alimento. Esto les lleva a evitar alimentos “sospechosos” de provocar la molestia. Como se van sumando alimentos a la lista porque las molestias se repiten, al final el paciente hace dietas muy restrictivas y termina acudiendo al médico para que le oriente sobre que puede comer. Es importante dejar claro que no hay ningún alimento causal y una determinada comida que “le sentó mal” en una ocasión, días más tarde no le produce ninguna molestia.

La pregunta “clásica” de muchos pacientes es si pueden tener alguna intolerancia alimentaria. Pero ese es un tema que requiere todo un artículo independiente.
Al no tener un conocimiento claro de las causas ni mecanismos por los que se produce la dispepsia funcional, tampoco disponemos de un tratamiento específico. Sin embargo, podemos hacer mucho por el paciente: descartar enfermedades orgánicas, dar información y alivio a los síntomas, mejorando su calidad de vida y sobre todo ayudarle a mejorar su salud.

En pacientes jóvenes, la existencia de lesiones orgánicas es menos frecuente y en ausencia de ciertos síntomas de alarma o de síntomas poco claros, se puede sospechar de este trastorno e iniciar un tratamiento de prueba. Si persisten la sospecha y el paciente no mejora deberá comenzarse un estudio para descartar alguna enfermedad de fondo. La aparición de dispepsia a partir de cierta edad obliga a descartar esas causas orgánicas por lo que es sensato comenzar a realizar pruebas diagnósticas.



¿Cuáles serían?

La primera, y en ocasiones única, exploración a realizar es la revisión del tubo digestivo superior mediante una endoscopia: la esófago-gastro-duodenoscopia o, más coloquialmente, la gastroscopia. Se trata de introducir un tubo flexible con una cámara en su extremo que permite ver el interior de esófago, estómago y duodeno. Este procedimiento se lleva a cabo habitualmente bajo sedación, sin ninguna molestia para el paciente y mediante el cual podemos ver cualquier lesión y también tomar muestras selectivas de tejido para analizarlo. Estas biopsias son muy pequeñas no provocan molestias y se remiten para su estudio al anatomopatólogo.
Otras pruebas a realizar pueden incluir análisis de sangre o heces, así como una ecografía abdominal, sobre todo si se sospecha que los síntomas sugieren una alteración de hígado, vesícula, conductos biliares o páncreas.

En caso de que descartemos lesiones o alteraciones en el estudio, podremos probablemente establecer el diagnóstico de dispepsia funcional.
A partir de ahí ya sólo nos queda informar al paciente de la benignidad del proceso y comenzar un tratamiento sintomático que puede incluir diferentes fármacos o incluso tratamiento psicológico si consideramos que sea el factor desencadenante.

Como lo síntomas de este proceso pueden ser intermitentes o cambiantes, no existe un único tratamiento ni una respuesta siempre eficaz, y no es infrecuente que el paciente necesite probar diferentes fármacos hasta conseguir un alivio a sus síntomas. La relación médico-paciente es clave para obtener buenos resultados.



Autor: Dr. Carlos Silva
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